
Hay un pueblo muy pequeño donde se cuentan dos historias parecidas y a su vez diferentes, pero hay quien dice que no son dos historias sino dos finales de una gran historia, un final feliz y el otro lamentable. Se cuenta así:
Dos hombres, uno muy rico y muy poderoso y el otro hombre, sabio y profundo en sus reflexiones. El mismo día y sin por supuesto saberlo, ambos tuvieron un hijo en lugares diferentes pero en el mismo pueblo. Y ambos, curiosamente, le pusieron a sus hijos, el mismo nombre. Pero el nombre acá no es lo más importante, es una coincidencia como muchas otras, sin embargo, de alguna manera, el final de la historia nos hará reflexionar acerca de un nombre, quizás nuestro propio nombre.
Los hijos de estos hombres crecieron sanos y fuertes más como el pueblo era pequeño y ambos padres querían para sus hijos lo mejor, los enviaron a una ciudad más grande -a la gran ciudad- a la capital del gran reino. Para esto, los padres, a su manera, se preocuparon por sus hijos y veían a su manera lo mejor para ellos.
Acercase pues el día, hasta que llego el momento, ambos padres acompañaron a sus hijos hasta la frontera de la pequeña ciudad. Ellos tendrían que partir y el camino era largo, de muchos días. Entonces uno de los padres dijo a su hijo:
- A lo largo de mi vida, he acumulado un tesoro importante, quiero que lo lleves tú y te sea base y fundamento para que estudies y te hagas un hombre de bien. No regreses antes de haber pasado doce años, donde habrás culminado tu profesión y además, tendrás éxito. Este tesoro que te doy, te llevara a buen puerto, úsalo con sabiduría y se justo y medido.
Un poco más lejos, el otro padre decía a su hijo, sin saberlo, exactamente las mismas palabras, como otra coincidencia. Capaz que variaba un poco la entonación, más literalmente se había dicho sin omitir nada, las mismas palabras, por tanto cada joven tomo el tesoro muy preciado que cada padre había dado y así sucedió pues que aquellos jóvenes emprendieron su camino.
Y paso y paso el tiempo y el destino, y hubo viento, no hubo viento, hubo lluvia y no hubo lluvia, días calurosos y no días calurosos.
Ambos padres llevaban siempre en su corazón ese fervor de ver nuevamente ese día próximo a su hijo. Y muchas cosas tendrían que haber sucedido y de hecho muchas cosas sucedieron.
Paso el tiempo como pasa un día tras otro y al cumplirse el plazo, se llegaron ambos padres como hace años a la frontera del camino. Doce años no es demasiado tiempo pero los jóvenes habían cambiado bastante, entonces vieron una caravana donde se acercaba un hombre al cual muchos le servían, admiraban y querían. Había carros, carretas y carruajes. Todos vestían finamente y un poco mas allá venia otro hombre que parecía no tener la mejor de las suertes. Estaba muy delgado y demacrado, su ropa andrajosa, bastante raída, se le veía muy mal, como atormentado.
Ante el escenario los padres sin saber, se acercaron bastante el uno al otro y entonces uno grito, pues alzo su voz y se refirió a aquel hombre que venia con un gran sequito y le dijo así:
- Hijo mío, veo que has triunfado que el tesoro que te di lo multiplicaste aun traes mas, tienes ahora poder y mandas sobre muchos.
Y el otro hombre muy cerca, al ver al otro personaje débil y demacrado, se quedo atónito, casi sin palabras pero le dijo:
- Si tu eres mi hijo amado, el cual algún día partiste, capaz no supiste apreciar los tesoros, pero yo abro mi corazón para ti, tal como si lo hubieses hecho de la manera correcta.
Ambos padres, entonces, esperaron y ambos hijos se acercaron, pero no en el orden en que aparentemente fueron identificados sino justamente a la inversa. El hombre que tenía más riquezas se inclino hacia la voz del padre conciliatorio y le dijo:
- Padre, yo si he sabido guardar y guardar el tesoro y lo que he alcanzado, no es tan solo el poder aparente, sino el secreto que me fue revelado dentro del tesoro que me diste y hoy me inclino, te agradezco y te valoro.
Y terminando estas palabras, el hombre pálido, enfermo y demacrado, se inclino ante el padre que no lo había reconocido y pronuncio estas palabras:
- El tesoro que me diste, para mi se convirtió en maldición, confundió mi vida, descarrió mis sentidos y lo perdí todo, dignidad, conciencia, razón, y vine a ser el mas pobre de los mendigos.
Pero ¿que sucedió aquí? ¿Que eran estos tesoros? ¿Quienes eran estos padres?
Uno de ellos era muy rico comerciante y el tesoro que le dio a su hijo fue dado en oro, mucho oro. Mas el otro padre, sabio y erudito, entrego a su hijo, unos manuscritos con reflexiones profundas, directas, pero a la vez, sencillas. Y sucedió que cuando los jóvenes llegaron a la gran ciudad, el joven al descubrir que su tesoro era oro, se desperdicio, uniéndose a malas compañías; despilfarró tanto, que despilfarró también su cuerpo, sus sentidos, sentimientos, valores y todos los que le seguían y adulaban cuanto gasto su ultimo pedacito de oro, lo abandonaron y quedo como un miserable que su vida fue empeorando pues todo lo que sabia era que no sabia vivir de verdad. Mas el otro joven, cuando descubrió su tesoro, tuvo que cuidar mucho de si mismo, se disciplino, valoro el esfuerzo y el trabajo, no dio paso a malas compañías y en los tiempos más difíciles, el tesoro jamás disminuyo, al contrario, creció.
Dos hombres, dos padres, un solo nombre.
¿Ahora, tu, que tesoro quieres? ¿Cual es tu meta? Tú decides.
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Pintura y Escrito: Oscar Basurto Carbonell
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